
En el país, el servicio doméstico es aún sinónimo de discriminación,
explotación y maltrato, en la mayoría de los casos. Miles de niñas,
adolescentes, mujeres jóvenes y mayores, trabajan muchas horas,
sin tener permiso para estudiar ni seguro de salud. Las trabajadoras del
hogar son menospreciadas por su cultura y su lengua (mayormente quechua y aymara) e impedidas de contactar a sus familiares. Les retienen sus
documentos de identidad y que, entre otras agresiones, son víctima de
acoso y hostigamiento sexual.
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